Crea una cuadrícula en el suelo con cinta, anota lux a diferentes horas y registra el cielo (despejado, nublado, cambiante). Usa una cartulina blanca para detectar dominantes de color en paredes. Fotografía los puntos con exposición bloqueada para comparar después de cada intervención. No busques perfección, busca patrones: dónde cae la luz, qué absorbe más, cuándo aparecen reflejos molestos. Ese cuaderno será tu brújula durante todo el proceso y evitará inversiones impulsivas con poco retorno visual.
Señala muebles altos pegados a ventanas, cortinas densas, alféizares profundos, marcos anchos, rejas, toldos muy caídos y barandillas opacas. Observa fachadas claras enfrente, que a veces actúan como reflectores gratuitos. Dibuja secciones del hueco para ver chaflanes y ángulos que estrangulan el cono de luz. Identifica superficies mate que absorben demasiada energía y rincones que podrían reflejar de vuelta. Verás rutas insospechadas para que la claridad viaje más lejos con cambios mínimos y coste muy contenido.